Comprar un VE de segunda mano. ¿Acierto o error?

Tras algunos años de trayectoria rodando por calles y carreteras, los vehículos eléctricos empiezan a abrirse camino en el mercado de segunda mano. Cada vez son más las opciones disponibles, aunque conviene andarse con ojo antes de tomar una decisión precipitada.

Las ayudas a la compra de coches eléctricos pueden parecer muy atractivas, y desde luego son necesarias para impulsar el sector, pero no hay que olvidar que la curva de depreciación de un eléctrico –en buen estado de funcionamiento y conservación– puede ser aún más interesante, en la práctica. Antes de hacer un análisis exhaustivo, cabe priorizar entre el placer de estrenar, o la satisfacción de haber hecho una operación inteligente.

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El valor de un vehículo eléctrico

Si no fuese por la batería, un vehículo eléctrico podría mantener su valor por mucho tiempo, al carecer de un desgaste importante asociado al uso. Pero debemos asumirlo, la tecnología de los acumuladores no es ni de lejos madura, por no decir que cuando compramos un coche 100% eléctrico estamos aceptando nuestro papel como cobayas. Así las cosas, podemos verlo como una amenaza y mantenernos a la espera, o sacar provecho de esta situación transitoria.

Siendo conscientes de que el uso y el tiempo tienen un impacto directo en la capacidad de las baterías –y por tanto, en la autonomía del vehículo–, y que éstas son el componente más delicado, costoso y susceptible de averiarse, conviene prestar atención a lo que estamos comprando. Lo cierto es que la depreciación del vehículo, además de verse afectada por la reputación del modelo en cuestión, en términos de rendimiento y fiabilidad, depende como es obvio de la cobertura de la garantía.

La batería, clave para la decisión

Aunque a priori parezca absurdo, puede ser más sensato adquirir un vehículo eléctrico aparentemente muy trillado, con muchos kilómetros, pero que tenga la batería en garantía permanente o que aún disponga de un gran espectro de uso (en tiempo y kilometraje), que uno prácticamente nuevo con muy poco uso, que haya estado parado largos períodos y que esté a punto de perder la garantía. Y es que en línea con lo comentado anteriormente, el valor de un vehículo eléctrico con la batería moribunda, cae en picado.

Hoy por hoy, los acumuladores de electricidad para tracción, están muy lejos de seguir un estándar, en cuanto a la arquitectura y modularidad de los packs. Por esto mismo resulta muy difícil, en la práctica, montar un pack ‘aftermarket’ o de cosecha propia, en un vehículo eléctrico concreto. Salvo en el caso de vehículos muy sencillos, la idea de comprar la plataforma e ir reemplazando el acumulador de energía a medida que avanza la tecnología, no deja de ser una utopía.

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Claro que es una opción para entendidos y entusiastas, desarrolladores y aficionados, que asumen la atadura a sus prototipos rodantes, el eterno mantenimiento y actualización, con tal de perpetuar la ilusión del primer día. Totalmente respetable, admirable incluso. Pero no es una opción para la inmensa mayoría. Lo que el usuario necesita es una solución fiable, que le brinde la tranquilidad de que si sufre una avería, ésta no supondrá un desembolso imprevisible que desequilibre las ventajas del vehículo eléctrico.

Redundando en que un vehículo eléctrico es, básicamente, una gran batería con ruedas que se degrada a medida que pasan los años y los kilómetros, cabe analizar bien si no es más conveniente pagar por el derecho de uso en vez de la propiedad. Visto así, quizá es mejor asumir un gasto fijo asociado a la confianza de tener el vehículo siempre en buen estado, que la falsa esperanza de quedar liberado en el momento de la amortización.

Más que nada, porque lo más probable es que la degradación de la batería, y consecuente depreciación del vehículo, coincida en el tiempo con la duración de la deuda y de la garantía. No parece muy acertado invertir una importante cantidad de dinero en algo que no es permanente, sino todo lo contrario, que va perdiendo valor y utilidad gradualmente hasta quedar inservible.

Está claro que siempre habrá partidarios de adquirir, nuevo o usado, todo el vehículo y quien argumente las ventajas de firmar un contrato de renting. Podemos encontrar pros y contras en cada una de las fórmulas, pero al final, el objetivo es utilizar el vehículo por un tiempo determinado a cambio de dinero. Lo que muchos no se paran a pensar, es en la posibilidad de aunar lo bueno de ambos mundos.

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Alquiler de baterías para coche eléctrico

Estar atento al mercado de segunda mano de eléctricos y combinar la compra de un VE en buen estado general, con la contratación de la batería en régimen de alquiler, no es mala idea. La depreciación típica de haber sido estrenado o de no ser el último modelo de una marca concreta, rebaja considerablemente el coste de adquisición del vehículo, que es el principal obstáculo para muchos consumidores.

Por otra parte, el usuario disfruta de una garantía de por vida en el principal –por no decir único– elemento sometido a desgaste y susceptible de causar problemas que tendrían una solución muy costosa, quedando aún así el coste de utilización por debajo de lo que costaría mantener un vehículo equivalente de combustión.

Además, en el momento de tener que vender, por un cambio en las necesidades de transporte o por cualquier otro motivo, el hecho de tener las baterías en garantía limita en gran medida la depreciación del vehículo, asociada al kilometraje y edad del mismo. Es una alternativa, que muchos potenciales usuarios de coche eléctrico no consideran a la hora de cambiar el surtidor por el enchufe.

Al menos, es una opción a tener en cuenta mientras no se desarrollen acumuladores más fiables y duraderos, o que se estandaricen los packs y bajen los precios, pudiendo adquirir módulos y reconstruir las baterías fácilmente.

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